“La imaginación sin criterio es fantasía; la imaginación con métricas y opciones es estrategia”

Llevas más de veinte años ayudando a compañías como Google, Sony o BBVA a imaginar lo que aún no existe. ¿Por qué crees que imaginar el futuro es tan relevante y qué papel juega contar buenas historias en ese proceso?
Porque el futuro no existe: se ensaya. Cuando trabajé con equipos de Google o Sony, lo que más bloqueaba no era la tecnología, era la lente con la que miraban el mañana. Tendemos a imaginar un futuro muy parecido al presente.
La imaginación abre opciones; las historias las vuelven posibles. Una buena historia convierte una hipótesis en un “siguiente paso”, baja el riesgo percibido y alinea a gente muy distinta alrededor de una imagen compartida de progreso. La ciencia del comportamiento lo confirma: no decidimos solo con datos, decidimos con sentido. Imaginar es explorar; contar bien es comprometerse.
En La Nave Nodriza nos gusta poner el foco en el diseño estratégico. ¿Cómo se convierte la imaginación y el soñar futuros en una herramienta estratégica aplicable al presente?
Con un puente de tres movimientos: Señal → Ensayo → Elección.
Hay que ver las señales reales (cultura, tecnología, hábitos) que ya están tirando del presente. De ahí hay que convertirlas en ensayos: prototipos, pequeñas pruebas “como si ya estuviéramos allí” para medir fricción y deseo. Y de ahí salen elecciones: qué priorizar, qué dejar de hacer y cómo medir. Imaginación sí, pero con métricas y calendario.
La imaginación sin criterio es fantasía; la imaginación con métricas y opciones es estrategia.

Como estratega de marca, defiendes que las marcas que más relevantes del pasado tenían visibilidad, y que las que van a sobrevivir ahora lo harán con sentido. ¿Qué ha cambiado en la relación entre marcas y personas para que se dé ese cambio de paradigma?
Antes ganaba quien gritaba. Hoy gana quien guía. La saturación nos volvió inmunes a la visibilidad vacía. La gente no quiere más “compra”, “rebajas” o “nuevo”; quiere impacto en su vida. Por eso defiendo pasar de “ser conocido” a “ser valioso”. En el taller de Estrategia de Marca trabajamos la marca como mentor: clarifica una moraleja (para qué existes), entiende el rol del protagonista (tu audiencia) y diseña un viaje de transformación verificable. La métrica clave ya no es el alcance; es la alineación entre lo que dices, lo que haces y lo que habilitas en las personas.
Imaginar el presente como si ya fuera un archivo del mañana suena retador. Si te pidiera que eligieras algo que conservar del ahora y algo que soltar, ¿qué sería?
Conservar: el asombro. Es un recurso estratégico infravalorado: abre aprendizaje, humildad y colaboración. Sin asombro, la innovación se vuelve mantenimiento.
Soltar: la adicción al atajo: confundir velocidad con progreso. En El Museo del Futuro “archivamos” el presente para verlo con distancia: si algo no resiste ese archivo, no aporta valor humano, ecológico o cultural, quizá no merece el futuro.

En las últimas décadas has acompañando procesos de aprendizaje en escuelas como Hyper Island, La Universidad de Texas y ahora en La Nave Nodriza, donde compartimos la metodología del aprender haciendo en comunidad. ¿Por qué crees que hoy el aprendizaje colectivo es tan relevante en los procesos más vinculados a la innovación y transformación?
Porque nadie ve el sistema completo desde su silla. La comunidad distribuye la inteligencia, revela puntos ciegos y convierte el cambio en tarea compartida. Además, el grupo crea rituales: repetir, probar, ajustar. Sin práctica social, el conocimiento no cambia conductas; se queda en diapositivas. Aprender-haciendo-en-comunidad es la forma más rápida de pasar de “sabemos” a “sabemos y hacemos”.




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