Almudena, con una trayectoria tan amplia en el mundo del diseño, ¿qué te llevó a especializarte en el diseño de comportamiento?
Siempre he creído que el diseño no es solo cuestión de estética o funcionalidad, sino una herramienta poderosa para generar un impacto real. Mi trayectoria puede servir de inspiración para muchos diseñadores de producto que están ahora en el mercado, aunque me gusta recordar que el camino no siempre ha sido fácil ni lineal. Comencé como diseñadora visual, un rol que me apasionaba, pero con el tiempo descubrí que detrás de cada decisión de los usuarios hay un conjunto de patrones, emociones y barreras que, si se comprenden, permiten crear soluciones más humanas y efectivas. Ese aprendizaje no llegó de forma inmediata; tuve que cometer errores, aprender de ellos y aceptar que no siempre tenía todas las respuestas.
Inicialmente, me enfoqué en el análisis de usabilidad como diseñadora UX, pero hace unos años tuve la oportunidad de participar en un proyecto piloto de Behavioral Design. Allí, lejos de sentirme experta, me di cuenta de cuánto me quedaba por aprender, lo que me motivó a formarme y a integrar esta perspectiva psicológica en mi trabajo. Desde entonces, el Behavioral Design se ha convertido en ese puente entre la psicología y el diseño que me apasiona, y que ahora disfruto compartiendo con otras personas, siempre con la certeza de que aún hay mucho más por explorar y descubrir.
Como profe en La Nave de Behavioral Design, cuando piensas en transmitir conocimientos y experiencia a las participantes, ¿sabrías decirnos cuál es el ‘sin esto no se van’?
Por supuesto. Si hay algo fundamental que las participantes deben llevarse del curso, es la capacidad de integrar esta disciplina en su proceso de trabajo. Durante las sesiones, tenemos el tiempo justo para abordar los principios de la economía del comportamiento, frameworks aplicables, sesgos y heurísticas clave, entre otros temas esenciales. Es la base para poder asentar conocimientos y definir cómo quieres crecer como diseñador de comportamiento. Sin embargo, algo que siempre me ha frustrado como alumna en otras formaciones es no poder aplicar los conocimientos adquiridos a mi trabajo diario. Lo que no se usa, se pierde, y resulta muy frustrante invertir en una formación que no ofrece opciones claras de implementación práctica.
Como docente de Behavioral Design desde hace años, tanto para empresas como para profesionales, sigo aprendiendo constantemente. Cada taller o curso es una oportunidad para mejorar, porque a pesar de la experiencia, siempre hay algo que puedo hacer mejor o algún aspecto que puedo ajustar para que la formación sea más útil. He trabajado continuamente en iterar y perfeccionar la forma en que esta disciplina puede incorporarse a los procesos de diseño, pero este aprendizaje no sería posible sin el feedback de las personas a las que enseño. Ellas me han mostrado que cada caso es único y que, aunque no siempre se trate de proyectos ambiciosos, siempre existe la posibilidad de introducir un enfoque psicológico que genere comportamientos deseados. Enseñar también me recuerda que todos estamos en un camino de aprendizaje continuo, incluyéndome a mí.
Compartes la docencia en el taller de Behavioral Design con Sandra González. ¿Cómo complementáis vuestros enfoques?
Lo que realmente enriquece nuestro taller es cómo nuestras disciplinas se complementan para ofrecer un enfoque integral. Sandra, desde su experiencia como psicóloga y criminóloga, aporta la base teórica y científica que sustenta el Behavioral Design. Tiene una habilidad única para explicar cómo los principios de la psicología pueden influir en la toma de decisiones y en la construcción de hábitos. Mi rol, como diseñadora de experiencia, es tomar esos conceptos y convertirlos en estrategias de diseño prácticas y aplicables, desde cómo estructurar un formulario hasta cómo crear interacciones que guíen al usuario hacia sus objetivos.
A lo largo del taller, alternamos nuestras intervenciones para que los participantes puedan conectar la teoría con casos reales. Además, trabajamos juntas en ejercicios prácticos que reflejan situaciones cotidianas del diseño, lo que les ayuda a entender cómo nuestras dos perspectivas encajan en cualquier proyecto.
A lo largo de tu carrera, ¿hay algún proyecto que recuerdes con especial cariño o que haya tenido un impacto muy relevante en la vida de las personas usuarias?
Uno de los proyectos que recuerdo con especial cariño fue una iniciativa para el sector bancario en la que trabajé junto a un equipo increíble de diseño y research, con un enfoque 100% basado en Behavioral Design. El objetivo era ofrecer a los usuarios tener una trazabilidad completa de su hipoteca en su área privada, algo que, hasta ese momento, no estaba bien resuelto en el mercado. Nos enfocamos en entender las barreras, las emociones y las necesidades reales de las personas en torno a un proceso tan complejo como el de gestionar una hipoteca.
Lo que hace que este proyecto sea tan especial para mí es que no siempre, como diseñadora de experiencia, tienes la oportunidad de ver un impacto tan tangible en la vida de los usuarios. Recibir feedback directo de personas que decían sentirse más tranquilas, más informadas y con un mayor control sobre algo tan importante como su hogar fue realmente emocionante. Por supuesto, no fue un camino fácil: el proceso implicó muchas iteraciones, aprendizajes y momentos en los que dudamos si íbamos en la dirección correcta. Pero creo que fue precisamente esa colaboración estrecha entre diseño y research, y el enfoque behavioral, lo que marcó la diferencia.
No suelo pensar en los proyectos desde la perspectiva del impacto que yo tuve, sino más bien en lo que aprendí y en cómo el trabajo en equipo permitió que algo así fuera posible. Creo que esa es una de las experiencias que más me ha enseñado sobre el potencial del diseño cuando se alinea con las necesidades reales de las personas.
De cara al futuro, ¿cuáles crees que son las tendencias en el campo del comportamiento y cómo pueden influir en el diseño?
De cara al futuro, creo que el diseño estará profundamente influido por varias tendencias clave:
Por un lado, con la llegada de la IA vamos a vivir una hiper-personalización basada en datos será fundamental, la economía de la atención es tendencia general, y las empresas querrán poder llegar de manera más adaptada a sus perfiles clave, conocer cómo eliminar fricciones, comprender profundamente al usuario, sus sesgos, patrones y motivaciones van a modular las soluciones que propongamos como diseñadores hacía una perspectiva que genere realmente cambios en el comportamiento.
También el diseño tendrá un rol crucial en fomentar comportamientos responsables, como hábitos sostenibles y elecciones conscientes, especialmente en un contexto donde la sostenibilidad es cada vez más prioritaria. Conocer la disciplina en este ámbito nos podrá dar opción en buscar soluciones que reduzcan el gap entre intención-acción de los usuarios y ver de manera más ágil el logro de objetivos.
Por otro lado el 2025 va a ser el año de la accesibilidad por tanto tendremos que pensar hacía interfaces más inclusivas y accesibles, asegurándonos de que todas las personas puedan interactuar de forma equitativa. El Behavioral Design puede marcar la diferencia al ayudarnos a entender y abordar las barreras cognitivas, emocionales o contextuales que enfrentan diferentes usuarios, permitiéndonos diseñar experiencias más equitativas y significativas
Y por último quiero pensar que el diseño ético estará en tendencia muy pronto, ya que los usuarios cada vez buscan experiencias que respeten su bienestar y privacidad. Tener conocimientos en Behavioral Design va a marcar la diferencia, al permitirnos entender el comportamiento humano y diseñar experiencias más humanas, responsables y transformadoras.